Siempre quiero fumar menos, siempre no lo logro

Un hombre nuevo, una bomba de humo a la distancia. O él se enamora de mí, o yo de él. O yo pienso en él mientras trabaja.

Me digo este es el momento en el que todo pasa. Bajo el estrés sexual. Pruebo el mediano éxito de un profesional. No me saco la ropa gratis. Me vendo por un pito y una copa de vino, además de una noche entera sin sentir frío. Pago además todo el día lunes con resaca, valiendo hongo.

Sé de su alcoholismo y tendencia a las drogas. Me pregunto si es guapo, que es lo único que realmente importa. La imagen de un yonqui operativo queda en mi mente.

Venimos de Penco, otro día más sin besar a la C. Llevo diez días ya en Concepción, en mi última huída de mi vida en tránsito. Es nuestro viernes social, donde pasamos por cuatro casas además de la nuestra. En la primera un perro roba mi bufanda, y bajamos a la playa; en la última, y ya de madrugada, hay niños demasiado menores, y algo más, unas miradas extrañas que me indican que es mejor no estar ahí.

Seis horas antes tomamos once donde el hombre de mediano éxito. Vive en una diagonal respecto del J, y su departamento es la mejor versión de departamento de soltero por mí conocida. Un hombre que intenta sanar un divorcio con una planta y dos gatas, pan integral y copas de vino.

Supongo que me gusta cuando siento su coqueteo. Está en los detalles, en los desafíos. En esa forma de tocar inesperadamente.

Quiero besarlo, echada a poca distancia sobre el sillón.

Me enamoro primero de la casa, y luego del hombre. Esta vez de la ciudad, la lluvia y el frío. La cercanía de la playa. Las curvas, las diagonales. La mayor cantidad de cerros y de árboles.

Soy desafiante, coqueta e irónica. Después soy directa, porque cuando estoy en tránsito, no tiene sentido demorar las cosas.

Nos encontramos el domingo después de las nueve de la noche, yo bajando del éxtasis que aún me golpea la cabeza. He pasado toda la noche sin dormir, bailando en una casa frente al mar, preguntándome cuánto me demoraré en morir frente a la posibilidad de un tsunami. Él, en hongos, y lo siento tan piolita que pienso que lo podría devorar. Meterme su cabeza en la boca y cortarle el cuello.

Bajamos a comprar cervezas que terminamos no tomando porque queremos vino. Él está en pijama, y es sincero al respecto. Es sincero respecto a todo, su semi caña, y su imposibilidad de conseguir una erección, pero yo tengo la maldad metida en la cabeza, y no sé si soy sincera, o sólo loca. Tal vez increíblemente testaruda. Necesito desesperadamente dar un beso.

Un día antes J confiesa que es una casamentera, y que nuestro matrimonio estaba arreglado desde antes. Cuarentayocho horas antes comenzamos a ver Sex and the city, y la narrativa del romance hackea mi cabeza.

Doce horas antes, con un micrófono karaoke y frente al amanecer de Maule, Coronel, canto Piensa en mí de Leandro y Leonardo a C, mirándola a los ojos con la frase de llámame a mí, no lo llames a él.

Tres días antes, en su altillo, nos confiesa que sigue enamorada de su ex. Conozco demasiado bien el sentimiento de pérdida de una mujer como para sentirme atraída por eso. Pero el pelo de dos colores, las mejillas extremadamente rojas, los pasos de baile y el narcisismo.

Por otro lado, la melancolía de los hombres abandonados es un perfume que me amarra, me vuelve perro. Entonces, voy a la casa de él por despecho de ella. Pero no pienso en ella mientras lo observo a él. Él, que tiene sus notas de tercero básico a la vista, dos habitaciones, un baño lleno de mensajes pasivo agresivos para sí mismo. Un jueguito de niños que soy incapaz de resolver. Lo dejo a un lado. Está claramente derretido, y yo artificialmente despierta. Lo escucho hablar en abstracto de la casa donde vivía antes. Qué fascinante, digo, y suena una canción sexi en la radio. Voy y le doy un beso prometiéndome a mí misma no ser agresiva. Esta vez soy pacífica y suave. Quiero una intimidad sin antecedentes. Quiero acariciar un corazón herido, y absorver todo su fracaso. Es como si viniera de regreso de una guerra del amor, después de haberlo dado todo.

Si viviera en el sur ya estaría casada. Finalmente lo abrazo, y lo cuido, aunque a ratos me olvido su nombre. Intento quedarme dormida, pero ¿qué pasa si despierto y me está violando? Entonces no duermo. Entonces simulo despertar junto a él, a las siete de la mañana. Juego con sus gatas mientras está en la ducha, y me visto.

Por la mañana, en la calle, nos despedimos.

De noche, aún loca, sin haber dormido nada, veo a la C por última vez, tomando café con whisky bajo la lluvia, llamando a los carabineros porque frente a nosotras, un hombre acaba de golpear a una mujer.

 

 

 

 

 

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Uno

Nos vimos en Coliumo, en las cabañas que arrendó el Javi para su cumpleaños. Treinta años, treinta mierdas. Un brindis por cada etapa superada.

Coliumo, una bahía llena de lanchas. Coliumo, cocinerías. Toda costanera en Chile es igual, o así me parece, así como me parecía tan igual Buenos Aires, aunque María siempre decía que no.

Coliumo, una subida de greda cargando torta y latas de cerveza. Mi primer estallido por hambre, esa incapacidad que tengo de quedarme callada. Media hora más tarde abrazándote frente al mar, porque el agua siempre tiene ese poder de acomodarlo todo.

Llegó en la noche, como el transporte oficial de todos tus amigos. Se mantiene despierta con pastillas, pero no lo sabes hasta después. En la mañana todxs confesamos nuestro amor por ella, sentades en un mirador a dos copihues que están cerca, otros dos más arriba.

Quiero saber si le gustas tú o le gusto yo, pero sólo por saberlo.

Le gusto yo. Lo sé, lo vi en sus ojos.

Entonces: te conozco, me gustas, te vuelvo a ver.

La otra noche, a las seis de la mañana. El martes, en una terraza. El miércoles, en tu casa.

Yo imaginé una fiesta, pero llegué a sentarme. Me pregunto cómo será no sentir esta inseguridad. Te miro toda la noche. Pruebo tu hummus, pruebo el pan orgánico de tu amigo. Soy ese patético que te esperaría a la salida de cualquier lugar, te iría a buscar a todas horas. No soy eso, nunca lo sería.

Pero cómo llegar a tocarte. Tengo una cama que cambia de cuerpo y casa y vuelve una y otra vez a mí.

 

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Atemporalidades afectivas

Tengo la esperanza de que  todo mejore. Mi cuerpo será otro, y mi cara, y las cosas que hago. Saldré, por fin, de esta realidad.

La distancia lo matará todo. Los padres, al irse, agradecerán que alguien se quede para regar las plantas y alimentar al gato.

Estamos oficialmente lejos, también yo de esa historia .

No tiene caso prepararse, si lo único que puedo tocar es el ahora.

 

Arrepentida de todo

Hay algo que me quiero sacar del cuerpo, una emoción negra. Pienso en el verano.

Pichilemú, la playa, la casa ajena; el crimen de Fernanda Maciel en la televisión, tirada sola en el sillón con dos perras en el patio, una de ellas con artrosis. Esa chasquilla mía mal cortada que me volvió. loca. Dos semanas que se sintieron más largas, porque ese es el efecto que el verano tiene sobre ti.

Pienso que si vinieras hoy a escribirme una carta te diría que sí, pero puede que ya no lo vayas a hacer.

Al menos, cuando estaba lejos, me atrevía a hacerlo, porque tenía de excusa la cordillera. Tal vez es la edad la que hace que me parezca ridículo. Trato de ser directa con las cosas que siento y, por supuesto, no me sale.

Sigo la trama de mis pensamientos anotados en el diario de vida. Veo claramente la pérdida del equilibrio, pero cómo culpar solo a un algo, o a un alguien.

Este es el mundo que se mueve conmigo, y esto soy yo. Una mujer arrepentida de todo que de pronto mira el calendario y dice ha pasado bastante tiempo desde que volví. Viajé hace un mes a Buenos Aires pero ya nada me parece suficiente. Cada día termina, declara un ganador, y parece que nunca seré yo.

Hace dos inviernos me reencontré con Camilo, el año pasado me enamoré de Valentina. Antes de ambes, fue mi no romance con ese compañero estúpido y guapo, y antes de eso mi última experiencia de amor convencional. Recuerdo entonces haber sido feliz cargando bolsas de supermercado, tener incluso una favorito (el Santa Isabel). Llenarme de comida, de imágenes y de sexo, pero ya entonces tenía esta pena que ahora es como un personaje.

¿Y antes, qué tuve?

Me quedé detenida en algún momento de mi vida. O quizá es el haberse ido y haber retornado con una maleta cargada de traumas y frustraciones. Ya sé que no puedo estar lejos de casa, y eso me hace sentir incapaz. No tengo trabajo, y hace mucho tiempo no me pasaba. Me la paso todo el día leyendo y no sé si podré hacer algo con eso. Y dentro de la casa me frustra la locura de mi padre y la abulia de mi madre, pero ¿qué voy a hacer? ¿Escribir?

Me pesa mi clase y, a la vez, tener treinta ha sido para mí  la forma de decir que la vida es sólo una, ni corta ni larga. No hay cien cosas que puedas hacer. Estoy atrapada entre los sueños y aspiraciones de lxs que tienen mi edad. Por qué de pronto me siento distinta.

Soy incapaz de buscar a la gente que quiero. Prefiero sentarme frente a una amiga que no me molestaría besar y sin embargo no hacer nada de nada. Dedicarme a querer a las personas para luego defraudarme por nada. Podría hablar de los últimos días y decir: sólo quise gritar.

Ninguna experiencia reciente parece calar en mí. Hasta los carretes del verano quedaron demasiado atrás, y sin embargo, una imagen vuelve, quizá traída a mí desde un sueño:
el camino de Pichilemu a Cahuil con el Javo: shorts y polera. Viento y sol.

Detenidos en el mirador, habiendo fumado mucha marihuana y después de caminar como transatlánticos por la carretera que va junto al río Nilahue, Javo se tira al suelo y me enseña un estiramiento de yoga que yo sigo. Un hombre que me parece hétero y viejo nos mira y me siento acosada, hasta que habla y veo que es joven y gay. Nos dice a eso le llamamos hacer suelo. Es un bailarín, y su marido lo espera en su 4×4.

Sólo deseo el dinero cuando alguien quiere el dinero. Sólo quiero la fama cuando la fama parece necesaria para ser feliz. Luego vuelvo a mi casa, me encierro en la pieza y no quiero nada.

Sé que esto es un momento. Un día abriré los ojos a otra realidad. La esperanza, la desesperanza.

Nube

Venimos de estar  sentadas en la facultad de artes de la chile, en una feria de diseño, papeles y stickers. Mirando a la gente entrar y salir. Ahí le digo a la Mora que he usado el tiempo para reflexionar y dormir. Contar las balas locas que tengo cargadas. Pensaba ese día ponerme una transparencia y cubrir mis pezones con cinta negra para salir a marchar, pero no fui capaz de ser una puta y solo me cubrí entera, me hice una trenza y me compré aros con forma de corazón que durarían solo un día.

Debo autoexcluirme, aprender a decir que no.

Me siento en la fuente de soda que conocí la última vez que pololié de verdad. Están los amigos orgullosos de ser gays, con sus ojos rojos y esa pesadez del cansancio. Quieren ser aún más maricones. Me quedo, pero no quiero beber. Parece que todos tuvimos un viernes duro, resacas morales, preferir el sueño a la responsabilidad del trabajo. Me piden que cuente mi historia que ya saben. Aclaro que sólo estoy enojada conmigo misma, que la única persona con la que tengo un problema es conmigo. A esa hora y 30 horas post exabrupto estoy calmada, ya no soy mala ni pendeja. Recuento los hechos sin pedir apoyo ni celebración.

El único problema es no saber decir que no. El problema es que en este país te educan para complacer. El problema es el estrés. El problema parte en el encuentro inesperado del otro día, tener total control para perderlo todo, completamente, al día siguiente. El problema es no saber todavía cómo funcionar cuando no hay sueldo de por medio. Cuando la persecución de un sueño se vuelve absurda, o se revela como la huída de la vida monótona de toda la gente. Pero más allá de la vida monótona no hay nadie, y esa es la verdad.

Entonces: vamos de la cerveza a los kioscos comprando leseritas para comer. El Gerardo lleva la banderita lgbtiq+ enterrada en el jockey. El Pancho va mostrando la guata y me recuerda a ese cola que años atrás se bajó los pantalones y me mostró su culo. El Pablo tiene los lentes enjoyados. Sólo nos queda vagar por el centro, infinitamente, hasta que algo más nos llame, o algo exterior ocurra.

Este año: largo y pesado, y aún queda la otra mitad.

Todas las catedrales que construyas caerán sobre ti. Quizá nada sería un problema si sólo hubiera aprendido a ser mujer, es decir, esperar a que un otro me diera una vida.

 

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Exabrupto

Estos días han estado de todo menos fomes. El tema es que no se han movido en mi dirección y cada pequeño detalle se vuelve terrible dentro de la trama principal que es mi vida.

Quiero ser tan narcisista como ellxs. Bastarme en el amor. Quizá ya lo soy. Es admirable la confianza que tengo para hacer un show en un bar. Yo no lo considero necesariamente bueno. Me gustaría ocupar mis talentos para cosas materiales. Pero en cambio, me vuelvo loca, histérica, peleo contra todo.

… no quería ir… pero me levanté de la cama y dije una vez más: lo haré por… como si… hubiera hecho alguna vez algo por mí… agrupadxs sobre inexistencias, pero ¿será verdad?

… quizá estoy aterrada por algo…

Tengo un sentimiento negro que no sé cómo sacar. No hay ninguna  buena canción, no hay deseo que me empuje lo suficiente.

… aterrada, atormentada, con dolor en los pies…

Héteros ridículxs

Para heterosexualidades ridículas, me basto yo. Me pierdo un poco en el campo del incesto. Salgo a buscar algo pero no sé qué. Una experiencia distinta a la mía.
Me gustaría verlo desde afuera, mientras escucho esta estúpida canción que me enseñó algo sobre la vida.

Entonces caigo sobre mí misma, y lo veo a él entrando por esa puerta. Saliendo de esa nada yo y buscando algo. Algo más allá de mí misma.

Pensé escribirle a mi amigo en Perú, que sabe mucho de las emociones. Pero ahora eso me parece ridículo. Prefiero ser todo lo directa que pueda ser, no perder el tiempo en formalidades.

Dónde estás, qué estás haciendo.

Me acuerdo de ese tarotista gordo que tuve y que se llamaba Pablo. Siempre que me leía el tarot había cerveza, quizá excepto una sola vez en su casa, en lo más profundo de La Florida. En fin, él me dijo varias cosas sobre el amor. Que la vida era una rueda, que una nunca sabía qué iba a resultar. Y sobre todo, esto: ¿qué es un año en el tiempo del amor?

Te sientes viejo y cansado, sentando en una tina llena de agua, desesperado pidiendo auxilio.

La magia del autogobierno. Aprender la ley.

Escucharte hasta esa frontera.

 

 

Todas las cosas raras que viví

Una vez nos quedamos trabajando hasta las cuatro o cinco de la madrugada. En verdad compartimos los insomnios. Ese día yo chatié con un hombre triste, trataba de convencerlo de que me fuera a visitar. No lo logré, pero de haberlo logrado, te habría echado a la calle.

Hay un capítulo de Gilmore Girls que habla de esto. Cuando Rory sube a un auto con Jess y termina en el hospital.

Los hombres, para las mujeres, también son algo cercano a la muerte.

A veces hablábamos de los correos que nos mandaban ciertos hombres. Nunca entendí bien en realidad quién era mxxxx, creo que algo así era su nombre. Pero de acuerdo a ti era similar a lo que eran los otros para mí. Es decir, fantasmas con domicilio fijo en mi paranoia.

 

El futuro no existe

Cuando era más chica pensaba que mi voluntad era todo lo que hacía falta para llevarme lejos. Ahora veo que no es así, tampoco soy tan chica, de hecho, soy grande, soy una mujer adulta, me hago cargo de mi propia mierda.
Cuando era más chica tenía un amigo que me escuchaba hablar y decía: cada une tiene la capacidad de nadar en su propia mierda, hay que ver cuánto aguantas. Y así fue.
Nunca salí de la mierda, queride amigue, muy lamentosamente. Aún así de vez en cuando te observo en fotos acompañade de travestis. Quisiera saber si seguirás fingiendo ser otras personas por internet.

Leo y leo sobre feminismos. Si no hay una guerra, sólo me voy a aburrir. Eso o amargarme. Eso o casarme. Voy a escribir una utopía feminista. No soy capaz de resumir mis propias ideas que son como telarañas. (“SOY LA GRAN PUTA, LA TELARAÑA”).

quiero escribir algo con la esperanza de que sea algo bueno. entrar nuevamente al delirio o la enfermedad. Hacerlo mejor esta vez, tener mayor control sobre mí misma. No hacer una historia que requiera revelar tanto.

Pero si hay algo que siempre he tenido es fé en el futuro. Fé a mí misma en el futuro.

 

Miedos

Desde que llegué de mi breve viaje a mi vieja vida no sé muy bien qué sentir ni cómo comportarme. Lo que no quiere decir que me encuentre encerrada en mi pieza de adolescente con muros blancos que borraron el rojo y el rosado, cosa que agradezco.

Ayer escribí mucho odio pero hoy no quiero publicarlo. De hecho, lo borré. Es una cosa terrible sentir tanto rencor hacia mujeres que, ahora, en este contexto, solo viven en mi memoria. Hay que revisitar la memoria y poner luz sobre otros eventos, que fueron por los que en ese presente no aposté. Me equivoqué, nuevamente. No me va muy bien con los errores. Ayer tomé vino y creo que terminé definitivamente mi abstinencia, aunque lo cierto es que me gustaría no tomar ni fumar, me gustaría una piel nueva, una garganta sana, un estómago sin quemaduras. Nacer de nuevo. Pido ser de nuevo. Pero no realmente, no quiero hacerle esa desconocida a mi vida. Mi vida bonita, la vida elegida por mí. Necesitas terapia me dijo ayer mi amiga terapeada, esa amiga que quiero tanto porque también, hemos llegado tan lejos, hemos viajado por tantos lados, y aún podemos comer mariscos y tomar vino y mirarnos a la cara para ser sinceras.

Se vienen eventos importantes en mi vida, el fin de una larga temporada de viajes, traslados, maletas, casas desconocidas. Vivir la vida con piloto automático, tratar no de creerse mucho nada, porque siempre está la esperanza de que hay algo más, algo más allá de una, algo después, otro despertar. Sólo no, eso no es correcto. Esto es todo, el resto son hipnosis o regresiones. Soy altamente susceptible a la voz doblada de una norteamericana que me invita a visitar mi infancia para encontrar el origen del miedo al rechazo. Pensarme siempre con miedo, debajo de la cama, viendo a una pareja que por siempre fue vieja, almorzar.